Formado
por su padre desde pequeño en el arte de la magia, aprendió con sorprendente
rapidez este milenario oficio, que algunos lo han querido ubicar en el selecto
grupo de las artes, pero que visto de una manera más humilde y descompilada, no
es más que la habilidad para hacer creer lo que no es y desaparecer lo que en
la realidad ya existe. Fue en la tierra de los magos más reconocidos del el
país, donde su padre, no solo se hizo como mago, sino que gozó de gran fama por
la facilidad con que hacia desaparecer las cosas: escrituras, tierras y hasta
personas, que en algunas ocasiones reencarnaban con otros nombres. Un verdadero
maestro y gurú de la magia en el occidente de Antioquia y de otras regiones del
departamento.
Su
hijo, Aníbal Gaviria, aprendió rápidamente desde pequeño todas estas artimañas,
trucos e ilusiones. Esta última cualidad no es propia de los aprendices, ni de
los ayudantes entendidos en la magia, sino de
los magos más experimentados y marrulleros como lo fue su padre y
algunos de este selecto séquito de tramposos. Aunque fue un alumno aventajado
con respecto al resto de sus hermanos, primos y demás familiares que quisieron
heredar esa virtud del linaje Gaviria, no quiso profundizar en este oficio como
era el deseo de su padre, quien lo azuzaba permanentemente para que no olvidara
sus orígenes y sabiduría ancestral. Atormentado por esta situación, y como una
forma de reivindicarse con su padre y con su familia, decidió que iba a tomar la mejor carrera de su vida, la que mejor se
complementa con la mafia, perdón, con la magia moderna.